El poder del duelo y la violencia

3/8/2006

11-9-2001/3-8-2006. Pasaron 1787 días desde el atentado a las Torres Gemelas, día 1 de una nueva era de violencia desenfrenada, y leo en el libro Vida precaria, El poder del duelo y la violencia, de Judith Butler: “Que las fronteras de los Estados Unidos hayan sido violadas, que una insoportable vulnerabilidad haya quedado expuesta, que hayamos sufrido una enorme pérdida en vidas humanas, ha sido y es motivo de temor y dolor; pero también constituye un estímulo para una paciente reflexión política. Al menos implícitamente, los acontecimientos plantearon la pregunta sobre qué forma de reflexión y deliberación política había que adoptar si consideramos la vulnerabilidad y la agresión como puntos de partida de la vida política”.

Son 5 ensayos de esta profesora de Retórica y Literatura Comparada en la Universidad de California, Berkeley, en los que denuncia el valor desigual de la vida de unos u otros, desglosa las cuestiones de soberanía surgidas de la realidad de los prisioneros de Guantánamo, evalúa la acusación de antisemita que recibe aquel que critique las políticas de Israel, desmenuza las implicancias del mandato “No matarás” y busca entender de qué forma el duelo y la violencia pueden inspirar solidaridad y un objetivo de justicia global, las dos únicas maneras de sacarnos de esta espiral de agresión y muerte que nos carcome.

Les dejo otros pasajes:

Trágicamente, los Estados Unidos buscan prevenir la violencia contra ellos ejerciéndola por adelantado, pero la violencia que temen es la violencia que engendran. No quiero sugerir con esto que los Estados Unidos sean responsables de manera causal por los ataques a sus ciudadanos, ni pretendo exonerar a los suicidas palestinos a pesar de las terribles condiciones que animan su conducta asesina. Sin embargo, hay una distancia entre vivir en condiciones terribles, sufriendo heridas serias e incluso insoportables, y decidir matar. El presidente Bush cruzó esa distancia rápidamente, llamando a “ponerle fin al dolor” apenas diez días después de aquella fatídica mañana. Sufrir puede conducir a una experiencia de humillación, vulnerabilidad, impresionabilidad y dependencia -una experiencia que puede convertirse en un recurso si no la “resolvemos” demasiado rápido-. Puede servir para movernos más allá o en contra de la vocación de víctima paranoica que renueva infinitamente las justificaciones de la guerra. Se trata tanto de una cuestión de luchar éticamente con los propios impulsos asesinos, impulsos que buscan ahogar un miedo insoportable, como de aprehender el sufrimiento de los otros y registrar el sufrimiento que infligimos.

Parece que todavía tenemos que volvernos humanos -una perspectiva que hoy parece más amenazada que nunca, si es que no está, por le momento, aplazada en forma indefinida-.

Vida precaria, El poder del duelo y la violencia, Judith Butler, Ed. Paidós, 2006.

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