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Archivo para la Categoría "economía sustentable"

720 mil millones de euros, la receta atrasa y empacha

Esa es la cifra, llena de embriagadores ceros, que acordaron en la Unión Europea para energizar al mercado, liderado por una Bolsa que venía caída, preocupada, en superbaja, ejerciendo, arrogante, una flagrante extorsión al son de ¡yo o el abismo!

Luego del megasalvataje al sistema bancario estadounidense lanzado por Obama (con más gusto a premios que castigos), asistimos a otro, impresionante, “un plan anticrisis”, dicen, con la hipocresía por todos asumida de que es como seguir drogando a un adicto. Es que el sistema colapsa y las recetas parecen siempre las mismas. Gigantescas ilusiones monetarias que patean el problema y engordan al monstruo. Y en medio de la nube de ceros en danza, nada se menciona acerca del bienestar de la gente, en sus dimensiones económicas, ambientales y sociales, verdadero vector de la sustentabilidad del sistema. Y eso que supuestamente debería ser nuestro norte ¿no? ¿Acaso no es lo que inunda todas las campañas y plataformas políticas? La famosa promesa de estar mejor.

Lo cierto es que los medios disparan el cuco de las caídas de las bolsas. Nos asustan todo el día con eso (¡qué cansadores!). Así quieren que imaginemos una avalancha gigantesca, no de nieve pero de bonos, aplastándonos, a los que transitamos dentro de la economía real, o en sus márgenes. Por eso, para evitar este triste final, hay que nutrir a la máquina, hasta el empacho si fuera necesario.

Por mi parte, me resisto al embate y vuelvo a leer opiniones como las de Stieglitz, Sen y Fitoussi. Muy claramente dicen: “En este tiempo de crisis, en el cual es necesario un discurso político nuevo para determinar en qué sentido deberían evolucionar nuestras sociedades, hay que desplazar el centro de gravedad de nuestro aparato estadístico de un sistema que privilegia la producción a un sistema orientado sobre la medida del bienestar de las generaciones actuales y futuras, a fin de llegar a medidas más pertinentes del progreso social”. No es menor, lo que proponen es clave.

Por eso digo: cuan lejos están estos 720.000 millones de asegurarnos un cambio de matriz, una verdadera sustentabilidad del sistema que, hasta ahora, solo exhibe enorme voracidad, especulación en grado de pureza extrema y escasa, casi nula redistribución. Ah y no lo olvidemos, los medios también cotizan en bolsa.

el agua y la vida no se negocian

agua: que corra, que haya, que fluya

El 18 de abril miles correremos en Palermo, Buenos Aires, Argentina, y en más de 190 ciudades alrededor del mundo la maratón del agua. Son 6 kilómetros, el equivalente a la distancia media que muchos niños y mujeres recorren a diario para conseguir agua. Dejo el petitorio e invito a ver los videos aquí.

Petitorio por el agua

El acceso a agua suficiente, segura y accesible es esencial para el desarrollo humano.

Todo el mundo debería tener acceso a agua limpia, adecuada para la salud y el bienestar del individuo y la familia.

Alentamos la innovación y la cooperación entre individuos, comunidades, gobiernos, organizaciones sin fines de lucro, corporaciones y las instituciones mundiales para asegurar el acceso al agua potable y al saneamiento sea un derecho humano.

Apoyamos el derecho al agua.

Nuestra campaña busca recoger firmas como expresión de apoyo mundial a las Naciones Unidas, gobiernos, corporaciones, y otros que pueden ayudar a garantizar el derecho al agua.

Live Earth te invita a firmar este petitorio y a sumarte a nuestra lucha para lograr que el agua sea declarada un derecho humano.

Podrás firmar el petitorio los días de la entrega de los kits -15, 16 y 17 de abril en el Hipodromo Argentino de Palermo- y el día del evento -18 de abril- al finalizar la carrera.

Cada firma cuenta.

Te esperamos!


andalgalá contra agua rica

Me llegó el siguiente comunicado sobre la resistencia de la gente de Andalgalá, Catamarca, Argentina frente al avance de las mineras. Más abajo un informe de Telenoche al respecto. Los ciudadanos resisten, resisten, resisten y claman “¡viva el agua pura!”:

FOCO apoya la lucha de los pobladores de Andalgalá contra Agua Rica

Desde la década del ’90 el territorio argentino está siendo objeto de un permanente saqueo de sus recursos naturales. Uno de los más afectados son los vinculados  a la minería con los consabidos desastres ambientales (enorme consumo de agua, contaminación), sociales (desterritorializaciones, migraciones), económicos (fin de las economías artesanales)
Grandes proyectos se han instalado y aún planean instalarse. Pascua Lama es un doloroso ejemplo de ello. Otro capítulo más se gestó en Catamarca. Agua Rica es un mega emprendimiento minero tres veces superior en magnitud al de La Alumbrera que, según se prevé, iniciará la explotación en breve, sumándose a la contaminación ya generada por la segunda a través de los drenajes ácidos de su dique de colas y su mineroducto Andalgalá – Tucumán que afecta territorios en inmediaciones de las poblaciones de los Valles Calchaquíes, Andalgalá, Belén y Santa María, etcétera.
Vecinos por la Vida es un colectivo de autoconvocados de Andalgalá (integrante de la Unión de Asambleas Ciudadanas –UAC -) que se opone a la instalación de estos megaproyectos y denuncia que los yacimientos metalíferos de Agua Rica se extienden hasta las propias viviendas de Andalgalá, obligándolos al éxodo.
A mediados de diciembre de 2009, decidieron cortar el movimiento de suministros desde y hacia Agua Rica y La Alumbrera. La medida se tomó constituyéndose en asamblea permanente en defensa de la tierra ante los sucesivos avances mineros que terminarán de arrasar la región.
Debido a que los camiones mineros intentaron esquivar los piquetes de los autoconvocados, los manifestantes pidieron al resto de las poblaciones de los valles calchaquíes que  frenen el movimiento de estos gigantescos transportes a medida que intenten evitar los cortes de ruta.
El capítulo más grave comenzó a escribirse el viernes 12 de febrero. Ese día, la policía cercó el lugar donde estaban los manifestantes que se encontraban en ese momento (algunos antropólogos, arqueólogos, docentes y muchas familias bajo un algarrobo). El lunes 15 por la tarde, el grupo especial Kuntur (una fuerza de choque antimotines) y efectivos de Gendarmería, con perros y equipo para reprimir, intentaron disuadir a los manifestantes para que los vehículos mineros de Agua Rica atraviesen la ruta hacia el yacimiento. Numerosos manifestantes fueron llevados a las comisarías de Andalgalá y Chaquiago. Las acciones represivas llevadas a cabo provocaron la reacción de 10 mil personas (la mitad de los habitantes del pueblo) que comenzaron a tirar piedras en los negocios proveedores de la minera y en el edificio de la municipalidad”.
Al día siguiente, el juez de Minas Guillermo Raúl Cerda notificó al apoderado de la empresa Agua Rica, el “cese de actividades hasta nuevo aviso”, con la intención de poner fin al conflicto social en la zona.
Como en Esquel, a principios de la década, una comunidad local hizo valer su derecho a disfrutar de un ambiente sano, sin contaminación, ni saqueo, sin injerencias externas. Esperamos que el ejemplo se multiplique en todos los confines del país, en cada sitio puesto en jaque por las garras de las empresas transnacionales.

bienestar ¿por dónde buscarte?

Acabo de leer una nota muy oportuna de Zaiat aquí, sobre la necesidad de realizar cambios en la forma de abordar las estadísticas públicas dadas las transformaciones estructurales de la economía moderna. Por caso, sostiene, “el aumento de los servicios y la producción de bienes cada vez más complejos dificultan más la medición de los volúmenes producidos y los resultados económicos. “Hoy existen numerosos productos con una calidad compleja y pluridimensional sometidos a rápidos cambios”, explican Stiglitz-Sen-Fitoussi. Esto es evidente en bienes como vehículos, heladeras u ordenadores de computadoras, pero no lo es tanto en servicios como el de salud, educación, las tecnologías de la información y de la comunicación. “En algunos países, el crecimiento de la ‘producción’ se debe más a la mejora cualitativa de los bienes producidos y consumidos que a su cantidad”, aseguran en una evidente provocación a la concepción tradicional y dominante en el pensamiento económico”.

Stiglitz, Sen y Fitoussi se juntaron para pensar esta cuestión en 2008 por iniciativa del gobierno francés y generaron un informe que pueden descargar en inglés o francés aquí. Más allá del lío del INDEK, para adelante es necesario que pensemos por fuera del PIB y entender que el bienestar pasa, entre otros, por su sostenibilidad, por más que, como sabemos, haya felicidades efímeras…

galeano: el imperio del consumo

14 noviembre 2009 2 comentarios

quelachu

foto: sandra abousleiman

El imperio del consumo
Por Eduardo Galeano

La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble.

La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar.

La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.

El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En la fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar. Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria farmacéutica.

EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicas que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que EEUU apenas suma el cinco por ciento de la población mundial.

«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre. «Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas».

Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca, impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la uniformización obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del partido único: impone, en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.

El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación. Según la revista científica The Lancet, en la última década la «obesidad severa» ha crecido casi un 30 % entre la población joven de los países más desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los últimos dieciséis años, según la investigación reciente del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado. El país que inventó las comidas y bebidas light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando comida de plástico.

Triunfa la basura disfrazada de comida: esta industria está conquistando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas fiestas de la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante, por la imposición del saber químico y único: la globalización de la hamburguesa, la dictadura de la fast food. La plastificación de la comida en escala mundial, obra de McDonald’s, Burger King y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a la autodeterminación de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el alma una de sus puertas.

El campeonato mundial de fútbol del 98 nos confirmó, entre otras cosas, que la tarjeta MasterCard tonifica los músculos, que la Coca-Cola brinda eterna juventud y que el menú de McDonald’s no puede faltar en la barriga de un buen atleta. El inmenso ejército de McDonald’s dispara hamburguesas a las bocas de los niños y de los adultos en el planeta entero. El doble arco de esa M sirvió de estandarte, durante la reciente conquista de los países del Este de Europa. Las colas ante el McDonald’s de Moscú, inaugurado en 1990 con bombos y platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta elocuencia como el desmoronamiento del Muro de Berlín.

Un signo de los tiempos: esta empresa, que encarna las virtudes del mundo libre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún sindicato. McDonald’s viola, así, un derecho legalmente consagrado en los muchos países donde opera. En 1997, algunos trabajadores, miembros de eso que la empresa llama la Macfamilia, intentaron sindicalizarse en un restorán de Montreal en Canadá: el restorán cerró. Pero en el 98, otros empleados de McDonald’s, en una pequeña ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista, digna de la Guía Guinness.

Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la publicidad ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, en cualquier lugar, los mensajes que el televisor transmite. En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. Tiempo libre, tiempo prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen televisor, y el televisor tiene la palabra. Comprado a plazos, ese animalito prueba la vocación democrática del progreso: a nadie escucha, pero habla para todos. Pobres y ricos conocen, así, las virtudes de los automóviles último modelo, y pobres y ricos se enteran de las ventajosas tasas de interés que tal o cual banco ofrece.

Los expertos saben convertir a las mercancías en mágicos conjuntos contra la soledad. Las cosas tienen atributos humanos: acarician, acompañan, comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla. La cultura del consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Los agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando con hacerlo. Y las cosas no solamente pueden abrazar: ellas también pueden ser símbolos de ascenso social, salvoconductos para atravesar las aduanas de la sociedad de clases, llaves que abren las puertas prohibidas. Cuanto más exclusivas, mejor: las cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario. La publicidad no informa sobre el producto que vende, o rara vez lo hace. Eso es lo de menos. Su función primordial consiste en compensar frustraciones y alimentar fantasías: ¿En quién quiere usted convertirse comprando esta loción de afeitar?

El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle no son solamente fruto de la pobreza extrema. También son fruto de la ética individualista. La obsesión social del éxito, dice Platt, incide decisivamente sobre la apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he escuchado decir que el dinero no produce la felicidad; pero cualquier televidente pobre tiene motivos de sobra para creer que el dinero produce algo tan parecido, que la diferencia es asunto de especialistas.

Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin a siete mil años de vida humana centrada en la agricultura desde que aparecieron los primeros cultivos, a fines del paleolítico. La población mundial se urbaniza, los campesinos se hacen ciudadanos. En América Latina tenemos campos sin nadie y enormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las más injustas. Expulsados por la agricultura moderna de exportación, y por la erosión de sus tierras, los campesinos invaden los suburbios. Ellos creen que Dios está en todas partes, pero por experiencia saben que atiende en las grandes urbes. Las ciudades prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los hijos. En los campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren bostezando; en las ciudades, la vida ocurre, y llama. Hacinados en tugurios, lo primero que descubren los recién llegados es que el trabajo falta y los brazos sobran, que nada es gratis y que los más caros artículos de lujo son el aire y el silencio.

Mientras nacía el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunció en Florencia un elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crecían «porque la gente tiene el gusto de juntarse». Juntarse, encontrarse. Ahora, ¿quién se encuentra con quién? ¿Se encuentra la esperanza con la realidad? El deseo, ¿se encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se encuentra con la gente? Si las relaciones humanas han sido reducidas a relaciones entre cosas, ¿cuánta gente se encuentra con las cosas?

El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de televisión, donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancías en oferta invaden y privatizan los espacios públicos. Las estaciones de autobuses y de trenes, que hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial.

El shopping center, o shopping mall, vidriera de todas las vidrieras, impone su presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinación, a este templo mayor de las misas del consumo. La mayoría de los devotos contempla, en éxtasis, las cosas que sus bolsillos no pueden pagar, mientras la minoría compradora se somete al bombardeo de la oferta incesante y extenuante. El gentío, que sube y baja por las escaleras mecánicas, viaja por el mundo: los maniquíes visten como en Milán o París y las máquinas suenan como en Chicago, y para ver y oír no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los pueblos del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas bendiciones de la felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las marcas internacionales más famosas, como antes posaban al pie de la estatua del prócer en la plaza. Beatriz Solano ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos acuden al center, al shopping center, como antes acudían al centro. El tradicional paseo del fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido por la excursión a estos centros urbanos. Lavados y planchados y peinados, vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no son convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética del mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas.

La cultura del consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz. Hoy que lo único que permanece es la inseguridad, las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como el capital que las financia y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la velocidad de la luz: ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo trabajador es un desempleado en potencia. Paradójicamente, los shoppings centers, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad. Ellos resisten fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin noche y sin día y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la peligrosa realidad del mundo.

Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta a unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió privatizar el universo? La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienen la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. La injusticia social no es un error a corregir, ni un defecto a superar: es una necesidad esencial. No hay naturaleza capaz de alimentar a un shopping center del tamaño del planeta.

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