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Archivo para la Categoría "arte"

de nuestros miedos

16 diciembre 2010 2 comentarios

De nuestros miedos nacen nuestros corajes,

y en nuestras dudas viven nuestras certezas.

Los sueños anuncian otra realidad posible, y los delirios otra razón.

En los extravíos nos esperan los hallazgos

porque es preciso perderse para volver a encontrarse

Eduardo Galeano

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la sociedad de los intérpretes

me gustó mucho esta nota de Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y director del Instituto de Gobernanza Democrática, que publica hoy El País. Si hiciste click en algún link previo y llegaste hasta aquí probablemente haya sido producto de la aceleración geométrica del flujo informativo, por lo que sea, le diste prioridad. Ahora, tomáte un buen momento para leer lo que nos dice, reinterpretarlo quizás y si te pinta, comentarlo.

es de alguna manera, la paradoja de la comodidad del control remoto o del teclado, esos aparatos del demonio que nos hacen pensar que todo está a una tecla de distancia. Y no. La realidad cargada de trama política en la que los procesos conllevan otro tempo, muy distinto, humano, con aciertos e imperfecciones constantes, nos dice claramente que no. Sumále a ésto lo que llamo el teorema del lavarropas o, en su versión más moderna, del LCD, que reza claramente que nos solemos tomar mucho más molestias para elegir un electrodoméstico que para saber a ciencia cierta a quién estamos votando. Y luego, luego las quejas, las puteadas y la frustración hacia los que, sin dudas, nos pueden llegar a brindar menos garantías que un aparato salido de una fábrica. Información asimétrica y el valor político de la interpretación (tomo nota). Aquí va:

La sociedad de los intérpretes

Nos hemos acostumbrado a entender el mundo como algo inmediato, disponible y de fácil acceso. El discurso habitual acerca de la sociedad del conocimiento y de la información entiende la sociedad en términos de circulación de bienes y datos, cuya apropiación no es problemática. La ideología dominante es la transparencia comunicativa y reproductiva, como si para la lectura correcta de los datos bastara un código correspondiente. Este modo de pensar tiende a menospreciar el momento de interpretación que hay en todo conocimiento, favorece los saberes científicos y fácilmente traducibles en aparatos tecnológicos, la rentabilidad económica inmediata, mientras que infravalora otro tipo de conocimientos como los artísticos, intuitivos, prácticos o relacionales. Conviene examinar este asunto porque no nos jugamos aquí tan solo el porvenir de las humanidades, sino el destino de nuestras comunidades políticas.

Este desencuentro entre las ciencias y las letras -por decirlo con una contraposición antigua pero que todos entendemos- se podría traducir en la oposición de la ciencia económica de los datos y el arte político de la interpretación. Contra la reducción de la comunicación a mera elaboración de información, contra una revolución digital entendida como mera inversión en tecnología o la sociedad de la información como una sociedad de las máquinas, el acento puesto en la interpretación subraya el elemento activo y complejo de todo conocimiento. Este es el verdadero desafío de nuestro tiempo: interpretar para obtener experiencias a partir de los datos y sentido a partir de los discursos. Y es aquí donde las ciencias humanas y sociales se hacen valer como especialistas de sentido, como saberes que producen y evalúan significación.

Hay un lugar común que pone todas las expectativas de progreso colectivo en el desarrollo de un conocimiento entendido a partir del modelo de la exactitud científica y la practicidad tecnológica. Pero lo cierto es que la mayor parte de nuestros actuales debates no giran en torno a datos e informaciones sino sobre su sentido y pertinencia, es decir, acerca de cómo debemos interpretarlos, sobre lo que es deseable, justo, legítimo o conveniente.

Jugando a profetizar, Ray Kurz-weil aseguraba que en 2048 nuestro buzón recibirá un millón de mails cada día, pero un asistente virtual los gestionará sin que tengamos que preocuparnos. Sería incluso posible que unos nanorreceptores-transmisores conectaran directamente nuestras sinapsis con unas supermáquinas que nos harían capaces de pensar un millón de veces más rápido. El problema es qué querrá decir “pensar” en tales condiciones. Contra la reducción de la inteligencia a una lectura de datos o a la aceptación de formas predefinidas, es necesario subrayar que elsaber requiere libre acceso a la información, pero también capacidad de eliminar el “ruido” de lo insignificante. Más que almacenar, lo decisivo es interpretar la información. El problema no es la disponibilidad, sino la valoración de la información (su grado de fiabilidad, pertinencia, significación, el uso que de ella puede hacerse).

El conocimiento que se atiene a lo concreto más que a lo general tiene una fuerte dimensión intuitiva. Desde el imperialismo de las ciencias de la universalidad, la intuición interpretativa ha sido presentada como una forma menor de conocimiento, cuando no algo completamente irracional. Pero la experiencia nos muestra que no es sensato prescindir de estos modos de conocimiento, especialmente en contextos de gran complejidad. Si pensamos en casos como la crisis provocada en buena medida por la matematización de la economía o en los desequilibrios ecológicos que implican ciertas tecnologías, lo que tenemos es un cuadro muy contrario: las pretensiones de exactitud han dado lugar a decisiones irracionales y solo las culturas de interpretación (esos entornos críticos en los que se interroga por la inserción social de las tecnologías, se discuten sus aplicaciones sociales, se hacen valer criterios éticos y políticos) han conseguido corregir su inexactitud social. La intuición interpretativa que practican las humanidades tiene un enorme valor epistemológico, heurístico y prudencial en espacios de gran incertidumbre (como son los de las sociedades contemporáneas).

Cuando las certezas son escasas, hacerse una idea general es más importante que la acumulación de datos o el examen pormenorizado de un sector de la realidad. Las interpretaciones generalistas orientan mejor que el saber especializado. Esta es la razón por la cual lo más demandado es adivinar el futuro. Las preguntas más inquietantes que nos planteamos tienen que ver con el posible devenir de las cosas (¿cuándo saldremos de la crisis?, ¿cómo va a evolucionar el terrorismo?, ¿de qué manera se comportarán los electores?). El saber de mayor utilidad no es el que se refiere a una utilidad inmediata o sectorial, sino el que permite hacernos una idea general de lo que va a suceder y gracias a lo cual podemos poner en marcha operaciones tan importantes como anticipar, prevenir, favorecer o asegurar.

La interpretación tiene además un especial valor en contextos dominados por la rapidez y el automatismo. Vivimos en unas sociedades en las que los flujos comunicativos nos atraviesan permanentemente. Pues bien, esa sociedad de flujos requiere filtros para evitar ser arrollado por la información sin sentido o el cliché banal. La verdadera soberanía epistemológica consiste en interrumpir, no reaccionar mecánicamente, no responder rápidamente al mail, resistir contra la aceleración, escapar del esquema estímulo-respuesta, no contribuir ni al pánico ni a la euforia, establecer una distancia, una dilación, posponer la respuesta y posibilitar incluso algo nuevo e imprevisible. La inteligencia y la libertad subjetivas necesitan constituirse, especialmente hoy, como centro de indeterminación e imprevisibilidad.

¿Tiene todo esto algún valor político especial? ¿Cómo se traduce políticamente la cultura de la interpretación? ¿En qué sentido puede afirmarse, como lo hace Martha Nussbaum, que la democracia necesita de las humanidades? Podemos entender esa aportación precisamente a partir del valor político de la interpretación. Nuestro destino colectivo está íntimamente ligado a la capacidad de interpretar nuestros hábitos cotidianos y nuestras necesidades, depende más del acierto a la hora de interpretar qué es una vida propiamente humana que de manejar los datos observables.

Si concebimos nuestras sociedades democráticas como sociedades que se interpretan a sí mismas, entonces tenemos mayores posibilidades de escapar del paradigma dominante que entiende la sociedad del conocimiento como el encuentro vertical entre los expertos y las masas. Puede entenderse la democracia como aquel sistema político que parte del presupuesto de que todos somos intérpretes. La sociedad es la puesta en común, frágil y conflictiva, de nuestras interpretaciones, algo más democratizador que la sumisión a unos datos supuestamente objetivos.

Contra el automatismo de los lectores, la idea de una sociedad de los intérpretes es más discontinua, compleja y conflictiva. A una sociedad así entendida no le corresponde una política entendida a partir del modelo de la mera gestión. Una política de la interpretación supone siempre abandonar los lugares comunes, reconsiderar nuestras prioridades, describir las cosas de otra manera, formular otras preguntas… Frente a esta indeterminación democrática, todos los sedicentes realistas han apelado siempre a los datos para impedir la exploración de las posibilidades. Pero sabemos que esto no es sino una forma sutil de poder que consiste en insistir en los datos sin cuestionar las prácticas hegemónicas a partir de las cuales se obtienen precisamente esos datos y no otros. Esa dimensión crítica de la interpretación la hemos aprendido en el cultivo de eso que llamamos humanidades, que son, por cierto, la mejor educación para la ciudadanía.

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de lo que se trata

De lo que se trata finalmente, en palabras de Nussbaum (1993), es de acceder a una vida humana buena. Ello significa, no solo satisfacer las necesidades básicas sino desarrollar las capacidades de desear, proyectar, usar la imaginación, construir conocimientos, experimentar, en definitiva, poder gozar de experiencias placenteras y evitar dolores innecesarios.

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oxígeno en el techo – la propiedad común es viable

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En épocas de blancos muy blancos y negros extremadamente opacos, quiero aplaudir (clap, clap, y muchos más clap) el nuevo Nobel de Economía otorgado a Elinor Ostrom (76). Por primera vez, desde 1969, lo recibe una mujer, y luego de muchas cucardas neoliberales, la dama es galardonada por un trabajo, que nos ventila las ideas y nos dinamita la manía binaria de construir pensamiento. En fin: nos da lucecita en el túnel.
Las teorías de Ostrom se centran sobre la gestión de recursos naturales de manera sostenible. A lo largo de su carrera ella ha hecho numerosos estudios acerca de la gestión de los usuarios de los stocks de pastos, pesca, bosques y lagos, y demostrado que ellos desarrollan a menudo sofisticados mecanismos para la toma de decisiones y refuerzan la regulación para manejar los conflictos de interés, quid de las normativas que promueven el éxito (así lo explica la gente del Nobel en sus fundamentos del premio). Ergo: sí, es viable la propiedad autogestionada.

Aquí Mario Bunge se pregunta: “¿Cuál es el principal mérito académico de la doctora Ostrom, profesora en Indiana University? Que estudió y propició la autogestión del bien común, tal como lo viene haciendo todos los jueves a mediodía el Tribunal de Aguas de Valencia, desde que lo instalaron los moros en el año 960. ¿Por qué importa este aspecto de la obra de Ostrom? Porque ha sido ignorado por casi todos los economistas políticos, no sólo los viejos conocidos de la derecha, sino también los marxistas, siempre enemigos de las cooperativas”. Y concluye: “Era tiempo de que el Premio Nobel lo ganase quien cree que la economía y la política pueden ser beneficiosas para la mayoría si reemplazan el pesimismo de Hobbes por el optimismo de Rousseau, y la incompetencia del asesor financiero por la competencia del almacenero de la otra cuadra.”

Gargarella. al ritmo de “qué grande sos”, manifiesta aquí su alegría por tan merecido premio.

Amigas y amigos, Ostrom tira abajo un postulado que nos hace sentir que el camino es estrecho, y el mundo reducido, cuando es obvio (bueno no siempre es tan fácil verlo) que ¡no puede ser así de limitada la cosa! Ostrom demuestra que hay más maneras con matices y diversidades. Nos invita a ser optimistas y apostar por la construcción de autonomía. No es poco, ¿no? ¡Eso sí que es para celebrar! ¡Bravo por el rango de nobelísima!

¡Salud Elinor!

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mercedes sosa – canción para un niño en la calle – calle 13

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¡feliz día periodistas!

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el yo y la gramática

admirable síntesis hoy en el País de JJM: oriente nos lo resalta desde hace milenios, el ego puede dejarnos a menudo fuera de órbita… disfruten…

Constelaciones

JUAN JOSÉ MILLÁS 29/05/2009

EL PAIS

Yo, tú, él. El hecho de que estos pronombres mantengan ese orden en la conjugación verbal podría inducirnos a pensar que primero se inventó el yo, después el tú y más tarde el él. Pero quizá no fue así. Tal vez apareció primero el tú. El tú pudo ser el centro de una constelación alrededor de la que giraban el yo y el él (no sabemos si en este orden). Pero también, por qué no, es posible que apareciera primero el él. A lo mejor estaban dos individuos (aún sin nombres ni pronombres) compartiendo una pieza de carne cuando apareció a lo lejos una sombra amenazadora a la que señalaron con el dedo al tiempo que gritaban: éYo, tú, él. El hecho de que estos pronombres mantengan ese orden en la conjugación verbal podría inducirnos a pensar que primero se inventó el yo, después el tú y más tarde el él. Pero quizá no fue así. Tal vez apareció primero el tú. El tú pudo ser el centro de una constelación alrededor de la que giraban el yo y el él (no sabemos si en este orden). Pero también, por qué no, es posible que apareciera primero el él. A lo mejor estaban dos individuos (aún sin nombres ni pronombres) compartiendo una pieza de carne cuando apareció a lo lejos una sombra amenazadora a la que señalaron con el dedo al tiempo que gritaban: él, él, él. De hecho, parece más racional decir él mira, tú miras, yo miro, incluso él muere, tú mueres, yo muero, que al revés. De modo que quizá el centro de la constelación fue el él, después vendría el tú, y finalmente, en la periferia, como un planeta helado, el yo. En la constelación familiar clásica, el padre, que ocupa el centro, es él; la madre, tú; el hijo, yo. Si no fuera por el padre (él), la madre y el hijo (tú y yo) apenas se diferenciarían.l, él, él. De hecho, parece más racional decir él mira, tú miras, yo miro, incluso él muere, tú mueres, yo muero, que al revés. De modo que quizá el centro de la constelación fue el él, después vendría el tú, y finalmente, en la periferia, como un planeta helado, el yo. En la constelación familiar clásica, el padre, que ocupa el centro, es él; la madre, tú; el hijo, yo. Si no fuera por el padre (él), la madre y el hijo (tú y yo) apenas se diferenciarían.

Cuando se descubrió que la Tierra no era el centro del universo, deberíamos haber modificado también la situación de los pronombres en la conjugación verbal. Es mentira que todo gire en torno al yo. El centro es él, ése, el otro (el sol), y yo doy vueltas a su alrededor, atado a ese círculo por una fuerza gramatical que no comprendo y que me hace sufrir, una fuerza a la que tengo miedo, una atracción que me enloquece, pero de la que no puedo escapar como no pueden escapar los planetas de sus órbitas. Es casi seguro, en fin, que el yo y el tú se descubrieron tras la aparición del él y no al revés. Si el resto de la gramática está así de equivocada, no nos extrañan las cifras de fracaso escolar que provoca esta asignatura. A ver si lo arreglan.

Categorías:arte, gramatical

vibramos con gary y astor

este “romance con el diablo” fue en rosario, el domingo pasado; es lo que encontré hoy en la web, maravilla, gracias maestros: gary burton, gracias ziegler (piano), suárez paz (violín), console (contrabajo), lew (guitarra), nisinman (bandoneón)… gracias astor por tanta belleza. Ayer enmudecimos en el gran rex, donde ustedes fueren los reyes y nosotrxs lxs privilegiadxs.

hasta la próxima

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